Thursday, August 09, 2018

Las flores...


Las flores van siguiendo la huella del sol en el cielo, tontamente enamoradas del mismo sol que las agostara con la fuerza de sus rayos. Lo siguen y lo persiguen estirándose como un ICARO de color que quisiera romper ramas y volar. Antes, alcanzaran la madurez de su color, de su néctar dulce y oloroso que llama a los bellos colibríes. No las escuchamos pero cantan todo el día, es una vibración armónica con sones de Bach o del canto de los monjes que las escuchan y aprenden de su  música y las imitan. 

Lloran cuando una compañera muere antes de tiempo, sintiendo que algo falla en su universo tan bien concebido.

Plenas en el campo, llenan de color al universo y entran en la psiquis de los humanos para dejarles un poso de felicidad y tranquilidad, que, normalmente, no tienen.

Saborean los días de vida que tienen, usan y disfrutan de cada segundo y mueren, ¡no!, no mueren, se transforman en semilla o en fruto o en energía de otro ser pero, además, siempre quedaran en los lienzos geniales de un Van Gogh o Gauguin o Degas o Dali o Sorolla.

Son, en su breve tiempo de paso, casi eternas, retenidas en los parpados de los dioses grises y adornando, para siempre, el parnaso de las musas.

Pero, cuidado ¡también están esas otras flores, engañabobos, capturando al insecto amoroso que se les aproxima y, verdugos y salvajes como el hombre, lo destruye en su ansia frenética de violencia y sangre y, soberbias, como pozo de tortura y muerte y transformación!

Y las flores, todas las flores… son zen.

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