Saturday, June 02, 2018

Sorpresas...


De sorpresa en sorpresa.

En la calle, me asomaba a la ventana de mi apartamento ante la buena tarde que quedaba, los cuatro rascacielos destacaban al fondo como saetas energéticas hacia el universo desconocido. Me fije en un coche medio escondido detrás de un árbol, en la zona del parque que muchas parejitas usan para tener un poco de intimidad, muy escasa por cierto por las alturas de los piso vecinos que circunda el mismo; coche por lo demás bien conocido por ser de uno de los vecinos del bloque. Un mercedes gris plata, sin adornos, bastante baqueteado y que no pega ni con cola en esta zona.

En el asiento del conductor un hombre no muy mayor, pasando de la treintena, mal encarado, físicamente poca cosa, el del quinto B, con mala fama, de borracho, pendenciero, traficante en pequeña escala y con denuncias, de ladrón y además, o eso se decía, de maltrato. La mujer cansada de recibir por todos lados se había ido con los dos niños tratando de salvarlos del tipejo hacia ya varios meses.

En el del acompañante una chica bonita pero extremadamente joven. Sé que tenía quince años en ese momento porque también la conozco pero desde la distancia. Vosotros, amigos lectores, le podríais poner trece o dieciséis que tanto daría. La mano derecha del conductor se aproximaba peligrosamente por detrás de los hombros y su cabeza se inclinaba hacia ella hablándole y con una sonrisa de caimán de las películas de Disney, mientras con la otra mano  gesticulaba exagerada y artificialmente.

Nada del otro mundo, la eterna historia de siempre.  La niña que quiere jugar a ser mujer antes de tiempo y el sinvergüenza al lado.

Iba a entrar y cerrar la ventana cuando me sorprendió la llegada del padre de la niña, porque en fin, es la aventura de una niña que juega a ser mayor, a reafirmarse y enfrentarse a todos, sobre todo a sí misma. Un hombretón mayor, canoso, de barriga cervecera, tan cargado de hombros que parecía tenia chepa, se le veía cansado y triste, fatigado. Otro vecino en busca de la cría de sus ojos que tantos disgustos le iba dando, hay tantas historias tristes en este barrio, tantas repeticiones de lo mismo. Se puso delante del coche y llamo fuerte a la Sindi, así se llama la chica, sí señor, Sindi. Le hizo gestos para que saliera del coche y se fuera con él. El conductor, ante aquello, puso la mano en la rodilla de la cría y le dijo algo bajito. Abrió la puerta con parsimonia y sin prisas, muy lentamente, salió del coche pero como parapetándose en la misma.

“Váyase a casa abuelo, la chica se queda conmigo, quiere quedarse conmigo. Ya ira más tarde a casa y téngale la cena caliente seguro que tendrá hambre”, le soltó como si nada, con una chulería que rallaba en lo más sangrante.

El otro bajo la cabeza, inspiro profundamente y volvió a llamar a Sindi, que a casa, que la cena estaba en la mesa…con las palabras avanzaba un par de pasos de forma temerosa, como con miedo.

El chulo ante la situación pasó por delante de la puerta del coche y con gesto rápido, muy de película de serie negra americana, saco de la parte trasera de la ropa una pistola que dirigió hacia el hombretón.

“Ni lo intentes viejo, piérdete de una puta vez, lárgate y déjanos,  no le pasara nada malo, ya sabes, cosas de la vida y del crecimientos, de las hormonas revueltas y todas esa cosas”, mientras lo decía le miraba directamente a la cara. Al cabo de un par de segundo se volvió con media sonrisita a Sindi y con un gesto de la otra mano, la tranquilizaba y le insistía en que se quedase donde estaba.

El viejo se notaba, lo veía desde mi altura como una reina en su castillo a prueba de asedios y batallas, amedrentado ante el arma. Mi alma en un puño, lo confieso. Reculó medio temblando, giró y se iba a marchar por donde había venido cuando debió de pensárselo mejor o, tal vez, es suposición mía, ya estaba demasiado cansado de todo y de tantos problemas, desencantado con una vida que se las prometía muy felices y que solo era un engañabobos, como él, como tantos como él. Pienso que en ese momento deseo la muerte como una liberación, descansar, dormir para siempre sin preocupaciones, sin problemas, sin discusiones, sin tener que buscar a su niña, sin tener que oír insultos e imprecaciones por dineros que faltaban, sin sustos por algo de las joyas de la mujer que faltasen y que al final había terminado en la casa de “compro oro”. Se paro mirando el suelo, encogido de hombros, medio temblando (a lo peor la que estaba temblando era yo desde mi ventana).

Se volvió.

“¡Que valiente tu con un arma en la mano ante, como bien dices, un viejo como yo! ¿Es esa tu fuerza? ¿Es esa tu valentía? ¿No tienes otra cosa?...¡¡Sindi!! Mira al cobarde de tu “novio” amenazando con una pistola a tu padre, a tu viejo padre. Solo se atreve escudándose en una pistola, no vale para nada sin ella, es basura, Sindi, tu madre te espera y yo ya sabes que también…vente, deja a ese y todo lo que representa que, al final, ya ves solo es cobardía, pura cobardía…no hay más que maldad y vacio en ese tipo, no vale la pena por unos segundo de libertad como piensas…”

Conforme hablaba iba  avanzando lentamente hacia el cañón de la pistola, los brazos abiertos de par en par como dos escuálida alas de un ángel perdido en la tierra, encadenado a los muros por una vieja cadena oxidada y deseando más que nada la muerte, la liberación. Avanzó poniéndose enfrente del chulo, la pistola le rozaba el lado derecho del pecho mientras seguía llamando a su hija metida en el coche y las palabras se le iban mezclando con las lagrimas que no podía detener, llanto de miedo o de dolor, o de esperanza:

“Sindi ven, Sindi ven con tu padre, Sindi ven…por favor hija, ven…”

El chulo, de verdad que no me acuerdo de su nombre por mucho que lo intente, la cabeza no da para mucho a estas edades, ahora se, que está huido de la policía por no sé que de una agresión, no sabía dónde meterse, la situación se le había ido de la manos y no entendía como aquel tipo viejo, un desecho ya de todo, no tuviera miedo, no hubiera salido por patas como tantos otros ante él y su pistola, y en su cabeza las disyuntivas de acción se iban acabando. La primera era pegarle un tiro que sería la muerte y la condena de él, por otro huir sería un desastre para su fama y su negocio y no digamos su último capricho, a la chica, Sindi, que ya la tenía en el bote, carnecita fresca y tierna como le gustaba presumir, y no iba a quedar nada bien.

En esto se le abrieron los ojos como platos cuando recibió el primer bofetón, instantáneo, brutal, seco y duro…”Dispara si es eso lo que quieres, dispara gilipollas”…atónito comprendió que el vejete le había pegado, le había abofeteado, delante de todo el barrio, delante de su nueva conquista, delante de la pistola que apuntaba al corazón. El dedo fue al gatillo y empezó a apretar con furia pero de forma contenida. Su mente se volvió roja de ira y en esas estaba cuando noto, más que sintió, el segundo bofetón, un poco más flojo y débil….

Lo mire como giraba brusco la cabeza hacia su izquierda, dos o tres segundos nada más. De forma automática, asomándome aun más, mire en su misma dirección. No vi nada. Escuche el lejano eco de las sirenas de la policía que se acercaba. Volvió el rostro hacia el hombretón que lo miraba desafiante, como con una careta de papel cartón y, de improviso le golpeo con la culata de la pistola. El viejo ni se inmuto. Grueso goterones de sangre empezaron a correrle por la mejilla.

“No vales la pena, viejo”, con esas palabras y un gesto como de desagrado y sin dejar de apuntarle se fue hacia el coche, paso por la puerta abierta del mismo cuando “el viejo” en un último acto se lanzo como un miura contra la misma cogiendo de lleno entre la puerta y la estructura del coche al chuleta en plena huida. El ruido de huesos y metal fue tremebundo, el grito fue terrible. Aun así se metió como pudo y, rápido, salió en estampida, a cien por hora sin mirar ni  a nada ni a nadie….el asiento del acompañante iba vacio….

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