Thursday, March 19, 2015

Mara y el tío Gerardo.


Mara y el tío Gerardo.

Después del éxito de la redacción sobre la Santa Compaña, Mara decidió recopilar viejas historias familiares. Ni corta ni perezosa empezó a interrogar a todo conocido, los llamaba por teléfono, les enviaba cartas, les exigía que le escribiesen cosas raras. Pero tuvo poco éxito, ninguno diría yo.

Entonces, cuando empezó a desanimarse, le indique que hablase con Gerardo, mi hermano mayor. Creo que era al único al que no se había atrevido a importunar por una especie de respeto o algo más. Gerardo se auto invito a una cena y contó lo que Mara después recogió en su cuaderno:

"Lo cuento tal como pasó, no omito nada y nada añado.

Invierno. Mes de enero ó febrero. Noche oscura amenazando lluvias.

Invierno, es la hora de la cena. Todos reunidos en la mesa del comedor, cenando...!no es importante¡

Pero no están todos. Está la madre y sus cinco hijos. Falta el padre a causa de un largo viaje de trabajo.

Risas, codazos, ruidos...

De pronto sonaron tres golpes de llamadas en la puerta, lentas y profundas. Se hizo el silencio. Nadie se movió hasta que el mayor se levantó y abrió la puerta.

"No hay nadie "- dijo.

"Será algún vecino, siéntate y cena"-contestó la madre.

La atmósfera de la casa ya había cambiado. No quedaban risas, ni juegos, ni el meterse unos con otros. Algo opresivo se sentía en cada uno de aquellos habitantes.

Volvieron a oírse los tres golpes en la puerta. Esta vez el chico mayor (trece años, moreno, grande, musculado) se levantó rápidamente y abrió la puerta como una exhalación. Al no encontrar a nadie salio a la calle buscando al gracioso, buscó a derechas e izquierdas no encontrando a nadie.

"No veo a nadie. Se ha tenido que esconder muy bien. ! Como lo coja ¡"-dijo enfadado.

"Algún gracioso. No hagas caso- respondió la madre-déjalos pasando frío en esta noche"

El chico entró, cerró la puerta pero no se sentó. Se quedó agarrando el picaporte detrás de la puerta. Esperando. Presto a saltar a la mínima y, al tiempo, un cierto miedo brillaba en sus ojos verdes.

Una vez mas los golpes volvieron a sonar. Por tres veces alguien llamo fuertemente. Nadie se pudo mover durante los segundos que duró la llamada. Nadie se movió. Se podría decir que nadie respiró en esos instantes.

Cuando acabó el tercer golpe el chico salió de su estupor y abrió la puerta con violencia. No había nadie. Una ráfaga de aire frío entró en la casa. Había un total desconcierto en su rostro.

"No tengáis miedo- dijo la madre, siempre sentada en su lado de la mesa, reconociendo un tenue aroma en la brisa y presintiendo algo esperado- es seguro la tía Antonia que acaba de morir y ha venido a decirnos adiós en su nuevo camino. Recemos un padrenuestro por su alma".

Cinco niños y su madre rezaron alrededor de una cena inacabada.

Al día siguiente, de una pequeña y hermosa aldea gallega llamada La Hermida, una llamada de teléfono les comunicaba la muerte en paz de la tía Antonia que se había producido sobre las diez y media de la noche anterior.

Que cada cual tenga sus conclusiones. Lo cuento tal y como paso. No quito nada, no añado nada."

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